Sueño
Una retahíla continua de amenazantes olas golpean violentamente los laterales de ese pedazo de madera al que algunos se atrevían a llamar patera. Un aterrado silencio envuelve a los guerreros que han osado desafiar al océano en una noche tan inhóspita. Sólo el monótono rugido del motor logra interponerse en la batalla en que ambos bandos se encuentran inmersos. Otra guerra parece tener lugar en el cielo entre pesadas nubes negras cargadas de lluvia y los finos rayos que desprende la luna en su tránsito diario. Ombuto, permanece impávido sentado a proa, sin ser capaz de escapar del influjo hipnótico de la gran muralla que la oscuridad ha desplegado delante de ellos. Intenta encontrar una señal de tierra firme y celebrar la victoria frente a la gran masa de agua. Apiñado en la misma postura desde que se inició el viaje apenas es capaz de sentir si sus piernas siguen debajo de su cuerpo. Nueva vida en tierra extraña. No le importa la andana de viento frío enviada por el invisible enemigo porque al atravesar el duro pelo de azabache queda prendido en él un nombre lleno de esperanza: España.
Desde que tuvo la conciencia suficiente para comprender y analizar el futuro que le esperaba en el pueblo sintió la necesidad de buscar su sitio en otro lugar. Su lugar tenía que estar más allá de las montañas que rodeaban su aldea. Las penurias a sufrir eran muchas y los momentos de alegría más bien escasos. No se veía toda la vida portando el cayado heredado de su padre que le señalaba como el pastor del pueblo. Odiaba a las cabras en su totalidad, desde su asqueroso olor hasta el desagradable sabor de su carne asada en el fuego del hogar. Ni siquiera era capaz de imaginarse casado por obligación, como marcaba la tradición, con alguna de las desgarbadas mujeres que vivían por allí. Pero a pesar de todo eso nunca había estado convencido por completo de dar el paso adelante hasta que un día, un viajero perdido, le habló de una tierra lejana. Tras varios días charlando acerca de ese otro lugar del mundo las cadenas que le ataban a su familia y a su tierra se cayeron a plomo sin que nadie más a su alrededor se diera cuenta de ello.
Una noche se marchó con la esperanza de que fuera para siempre. Abandonó en sigilo la casa que compartía con su familia bajo el amparo de una oscuridad que parecía unirse a su causa. No soportaría ver reflejada la vergüenza de la fuga en el rostro de su padre. O de pérdida de un hijo en la cara de su madre. Sabía que no entenderían la decisión que tanto le había costado asumir.
El camino hasta la costa fue muy duro. El hambre y el cansancio se hicieron compañeros de su viaje. A pesar de vagar por el desierto durante varias jornadas no pudo evitar que su alma se emparara de una tristeza gris. En cada pueblo o ciudad desempeñaba cualquier trabajo que le reportara algunas monedas con las que intentar acallar las protestas de su estómago o los gritos secos de su garganta. Tampoco podía permitirse excesos pues debía guardar parte para pagar el pasaje y eso le impedía desprenderse de tan molestos acompañantes. Cuando, después de varios meses de travesía, llego al pueblo costero aún necesitaba muchas monedas. No tuvo más remedio que esperar algo más de un año hasta poder pagar la cantidad solicitada por esos inhumanos comerciantes de vidas humanas.
Mientras tanto siguió sobreviviendo. Se acomodó en un rebaño de tiendas junto con otras personas que como él esperaban su oportunidad para cruzar la frontera azul que les separaba de una nueva vida. El ambiente era desolador. Niños llorando por el hambre que les apreta el estómago y el espíritu. Ancianos consumidos yaciendo moribundos al sol. Mujeres envejecidas prematuramente rebuscando algo que llevar a la boca de sus hijos. Desgraciados aprovechando cualquier oportunidad para apropiarse de las monedas bañadas por la sangre y el sudor de otros. Los que no morían de hambre lo hacía a mano de estos malnacidos. Algunos tenían mejor suerte y tardaban poco en marchar. A pesar de todo, nunca tuvo miedo. Intentó buscar algún sitio retirado para poder dormir en calma pero la policía era muy estricta. Su negra piel le impedía confundirse con el entorno. Ante tal tesitura decidió esconder sus escasas pertenencias lejos de allí.
El llanto de un bebe rasga repentinamente el silencio que los envuelve. Los tres salvajes que dirigen el cayuco se giran hacia el autor del desacato y con grandes aspavientos y una voz tan dura como cruel amenazan con arrojarlo a las fauces del enemigo si no cesa en el empeño de descubrir su posición. La madre, una joven que hace poco que dejó de jugar, comienza a temblar ante la posibilidad de que los matarifes cumplan su amenaza. Trata de acallar la rabia del soldadito raso que se niega a seguir más tiempo esperando el desenlace de la aventura. Ombuto intenta atraer su atención gesticulando con la cara y haciendo extrañas formas con sus manos imitando animales. Tras unos segundos más de tensión, el niño abandona su postura de rebeldía y todo vuelve a quedar en una calma relativa.
Uno de los generales de la tropa se gira hacia ellos y entre susurros les informa que se encuentran cerca de la costa. Sólo les separan 15 minutos, el comienzo de la última batalla. Les exigen que permanezcan en absoluto silencio o su misión habrá sido inútil al ser descubiertos por la policía española, el último escollo a superar. Ombuto, como soldado obediente, acata la orden conteniendo la respiración. Comienza a experimentar una extraña sensación en todo su ser. Cada metro que recorre se hace más intensa. Es la libertad. Una sonrisa surge sin previo aviso en su rostro.
De repente, el motor cesa su trabajo y el barco queda parado a merced de las olas. Las caras de los patrones han cambiado. Preocupación y miedo. Algún espía les ha informado a través del teléfono que han sido descubiertos. Una patrulla se encamina a interceptarles. Ante el inminente enfrentamiento que se acerca sólo hay dos opciones a elegir. La retirada es la elección. Comienzan a desprenderse de componentes del batallón de ilusos e indefensos que les acompaña. Ombuto es uno de los primeros en ser arrojado al enemigo. El océano le recibe con una fría puñalada que se clava en sus entrañas. Las mujeres lloran desconsoladas pidiendo clemencia para ellas y sus hijos, inocentes actores de la tragedia. La piedad es un concepto olvidado para individuos tan crueles. En segundos abandonan el lugar dejando tras de sí un islote de pobres soldados abandonados a su suerte. En tal estado de ansiedad ninguno es capaz de asumir su destino y luchan entre ellos para mantenerse a flote. Los niños son los primeros en sucumbir al instinto de supervivencia. Los hombres se aferran a las mujeres para evitar morir ahogados. Algunas intentan zafarse. Otras prefieren acabar pronto con el sufrimiento llenando sus pulmones de agua salada, corriendo tras los hijos que partieron antes. Ombuto mira horrorizado la sinrazón que se ha apoderado de sus compañeros de viaje. Su mente refresca la sensación de libertad vivida. Sólo está a 15 minutos cumplir su sueño. Una distancia no excesivamente grande para un buen nadador como él. Gira y comienza a nadar entre cuerpos inertes empleados como tablas de salvación. Con mucho esfuerzo y la ayuda de su mente logra que su corazón no se ablande ante los gritos desesperados de ayuda que se clavan en su espalda. Una brazada, dos brazadas.
En sus ojos cargados de lágrimas aparecen imágenes producto del esfuerzo límite al que está sometiendo a su exiguo cuerpo. Ahora está sentado delante de una gran mesa alargada repleta de abundantes alimentos y preciosas botellas de múltiples colores. Una chimenea próxima le proporciona una agradable sensación de calidez. Una puerta se abre y entra una bella mujer de larga cabellera rubia rodeada de chiquillos con piel de café con leche. Más tarde se vio regresando triunfalmente a su pueblo y a sus padres recibiéndole como a un héroe.
Otra brazada más. Sentía la cercanía de tierra firme en su interior pero aún no divisaba la línea de luces que la anunciaban. Sólo eran 15 minutos, había dicho un indeseable. Los músculos de los brazos se iban atenazando cada vez más por causa del esfuerzo realizado y de la temperatura gélida de las aguas. Comenzaba a sentirse algo débil. Su confianza iba aminorando. Su cabeza se llenó de una espesa nube negra y las imágenes desaparecieron por completo. Una riada de terror arranca de cuajo la poca esperanza que aún le queda. Tal vez no sería capaz de llegar a cumplir su sueño. Trata de animarse a si mismo repitiéndose que era el momento de ser fuerte y proseguir la lucha hasta el final. Reúne todo el ardiente valor que encuentra en su congelado cuerpo para continuar su travesía.
Tras cinco minutos más flotando, sin apenas moverse, seguía sin distinguir nada parecido a tierra firme. Llevaba más de media hora sufriendo sobre la superficie del océano, luchando por sobrevivir y cumplir su destino. De pronto un reflejó de lucidez ilumina la oscuridad en que se halla pérdida su mente. Eran 15 minutos a bordo de la patera, lo que podía significar más de una hora nadando. En ese preciso instante comprende que no lo conseguirá nunca. Apenas podía mantenerse a flote. Aprovechó las lágrimas que desbordaban sus ojos para expulsar la rabia que se acumulaba en su interior por el grave error cometido. Su ansía por un futuro mejor le iba a costar la vida. Recuerda todos los momentos que ha vivido hasta llegar allí y descubre que ha tenido muchas señales que le indicaban que su aventura tendría un desenlace fatal.
Su cuerpo comienza a hundirse lentamente entre las frías aguas. No se resiste. Desea acabar cuanto antes con tanto dolor. Nada puede cambiarse llegado el momento final. Ha perdido su particular batalla con la vida. Como un último gesto de fortaleza se obliga a mantener sus ojos abiertos. Quiere morir viendo la inmensidad del cielo como en las noches de verano en que soñaba con su destino. Un sueño que nunca creyó que acabaría así.
La leyenda del abuelo Botxo
Habíamos decidido pasar nuestro primer aniversario de boda en Navarra. Una elección que marcaría nuestras vidas para siempre. Cuatro días alejados del estresante Madrid, dejando atrás los problemas que durante las últimas semanas nos habían atormentado tanto física como mentalmente. Según aumentaban los kilómetros recorridos en el coche, más liberados nos encontrábamos. Las risas aparecieron de repente mientras cantábamos a dúo una nueva canción en la radio.
Como viajeros expertos que éramos, el primer día acudimos a la oficina de turismo para recibir información experta acerca de los mejores lugares que podíamos visitar en la región. Nos recorrimos Pamplona de cabo a rabo, disfrutando de cada rincón que encontrábamos a cada paso que dábamos por la ciudad. Para mí lo más especial fue realizar a pie el recorrido tradicional de los encierros, evento que no suelo perderme cada año, allá donde esté. El viaje de retorno al hotel estuvo cargado de cierto aire de misticismo. Suave lluvia. Carretera escasamente iluminada. Luna llena. Parecía como si de un momento a otro nos fuéramos a cruzar con algún druida. Nos reímos ante la extraña posibilidad que cruzaba nuestras agotadas mentes.
Después de cenar y ya instalados cómodamente sobre la mullida cama, revisamos los trípticos que nos había entregado la amable dependienta, para establecer nuestros objetivos del día siguiente. Concretamos que sería el Monasterio de Irantzu y el Nacedero del Urederra, mezcla de cultura y naturaleza.
Al día siguiente despertamos de buen humor después de haber descansado plácidamente durante toda la noche. Nos preparamos para nuestro nuevo día de visitas por Navarra. El día había amanecido gris y lluvioso. Un fuerte viento helado agitaba las hojas de los árboles cercanos. Nos pusimos encima toda aquella ropa de abrigo que habíamos llevado en nuestras maletas. Tras un fuerte desayuno, emprendimos el viaje.
La primera etapa nos resultó muy placentera. Un monasterio casi totalmente reconstruido perdido a los pies de la sierra de Urbasa. Tuvimos que correr desde el coche hasta el monasterio para evitar terminar calados hasta los huesos. Durante la visita a la capilla, escasamente iluminada, experimentamos un momento místico. Una máquina se tragó una moneda de 50 céntimos y de pronto un canto gregoriano se apoderó del recinto. Me dieron ganas de arrodillarme y pedir perdón por mis pecados, como si Dios mismo fuera a entrar por alguno de los ventanales. Nos abrazamos sintiendo como nuestras almas se convertían en una sola. Un momento muy especial para nuestro aniversario.
Tras un delicioso caldo caliente en la cafetería, que recompuso nuestros helados cuerpos, continuamos hasta el segundo punto de nuestro itinerario, el nacedero del Urederra. Durante el camino de ida, sólo silencio, roto en alguna ocasión por las indicaciones del GPS. La paz se había apoderado de nuestra mente y ninguno quería romper tan maravilloso momento.
Aparcamos el coche cerca de un bar, próximo al comienzo del sendero. Teníamos por delante un agradable paseo de 6 kilómetros por un camino completamente embarrado por la cantidad de agua caída. Luego, 2 kilómetros más si queríamos contemplar el nacimiento del río. Paseamos cogidos de la mano hasta llegar a la verja que indicaba el inicio de la ruta campestre. Nos pusimos a andar con fuerza y alegría a pesar de lo resbaladizo del terreno. Tras una curva nos encontramos, a lo lejos, con otro valiente que había decidido desafiar las adversas condiciones atmosféricas. Era el típico parroquiano de pueblo. Un hombre mayor, con la cara surcada de arrugas y con la boina negra calada hasta las orejas. Portaba una larga vara de madera para evitar caerse y un abrigo que desprendía un fuerte olor a oveja.
- Buenos días – saludé educadamente.
- Buenos días caminantes. ¿Van ustedes al Nacedero?
- Bueno, esa es nuestra intención. Ya veremos si somos capaces.
- Seguro que sí. Ustedes son jóvenes y el camino no es excesivamente duro. ¿Me permiten que les acompañe? Resulta algo aburrido caminar sólo.
- Por supuesto. No hay problema.
Proseguimos los tres por el sendero marcado, acompañados por el anciano, que se nos presentó como Arturo, aunque según él todos en el pueblo le llamaban Botxo. Los primeros 6 kilómetros se nos pasaron en un suspiro mientras Botxo nos iba contando anécdotas vividas en el bosque cuando era joven. La mayoría de sus compañeros de andanzas habían fallecido hace tiempo pero recordaba cada historia como si hubieran sucedido ayer mismo. Nos alertaba de los peligros que iban apareciendo en el camino, como rocas sueltas, zonas más resbaladizas o ramas excesivamente bajas. Incluso sabía el nombre de cada árbol o de cada ave que nos íbamos encontrando. Era un guía perfecto.
Iniciamos el ascenso hasta el Nacedero. Botxo iba delante indicándonos la mejor forma de ascender. Yo tropecé un par de veces y nuestro anciano acompañante, más rápido de reflejos de lo que aparentaba su edad, evitó mi segura caída con su larga vara.
Por fin, después de 15 interminables y duros minutos, divisamos el salto de agua que marcaba el fin de nuestro viaje y el inicio del río. En las proximidades, a una altura de 20 metros habían colocado una plataforma para observarlo más de cerca. Subimos hasta ella para sacar algunas fotos que confirmarán nuestra visita a tan bello paraje. Nos aproximamos a la barandilla para contemplar la fantástica catarata formada en la pared plana de la sierra.
- Tengan cuidado al asomarse, amigos- nos previno Botxo.
- No se preocupe, tendremos cuidado – contestó atentamente mi mujer.
- No, no. ¡Tengan mucho cuidado! – gritó Botxo claramente enfadado.
Mi mujer y yo nos miramos extrañados antes tal explosión del mal genio. Ya me veía cruzando algo más que palabras con él.
- Tranquilo, Botxo. Y, sobretodo, no grite.
- No, no. ¿Ven aquella piedra pequeña de allí? – preguntó Botxo señalando a un pequeño saliente cerca de la plataforma.
- Si. Claro que la veo, como para no verla.
- Pues, yo no la vi – sentenció Botxo mientras su figura se iba desvaneciéndose en el aire hasta desaparecer por completo.
Mi mujer y yo nos miramos atónitos durante escasos segundos. Los necesarios para ser conscientes de lo que acabábamos de presenciar. Salimos corriendo como alma que lleva el diablo. Corrimos y corrimos sin cesar. Caímos varias veces sobre el barro, empapando por completo nuestras ropas. Un miedo irracional se había apoderado de nuestras mentes, alejando todo capacidad de raciocinio de su interior.
No cesamos de galopar hasta llegar al pueblo. Allí nos sentimos definitivamente a salvo. Entramos en el bar, con el corazón todavía a punto de salir por nuestras bocas.
- Pero, ¿qué coño les ha pasado? Vaya pintas. – preguntó la camarera
- No lo sabemos pero todavía estoy acojonados – dije casi entre lágrimas.
- No me cuente más. Sin duda, ustedes han visto al abuelo Botxo, ¿verdad?
- Exacto. ¿Cómo lo sabe?
- Es una leyenda propia de esta sierra. Un anciano, el abuelo Botxo, que guía a los viajeros a través de camino hasta el Nacedero. Una penitencia por una vida llena de malas acciones. No son los primeros y seguro que tampoco serán los últimos. ¿Qué les pongo?
- Una botella de agua y 2 tilas. Necesito tranquilizarme para poder volver a coger el coche.
Tras intentar relajarnos, nos volvimos raudos en coche hasta el hotel. No volvimos a salir de la habitación hasta el momento de volver a Madrid. Hablamos largo y tendido sobre lo ocurrido. De vuelta a casa decidimos no contárselo a nadie. Sin duda, nos tomarían por locos.
Relato. Ni olvido ni perdón. Sentimientos
NI OLVIDO NI PERDÓN, SENTIMIENTOS
Confieso que nunca me han gustado especialmente los hospitales. Tal vez por la cantidad de malas experiencias vividas entre sus paredes. De niño por los sufrimientos vividos con diversas enfermedades. De adulto por las irremediables pérdidas de personas con gran significado en mi vida personal.
Hoy no iba a ser distinto de ocasiones anteriores. Un desagradable escalofrío por todo mi cuerpo me acompañó desde el parking hasta llegar frente a la puerta de la habitación. Entré sin llamar. En su interior, mi consumido padre yacía sobre el menudo lecho observando absorto la televisión. Mi madre permanecía a su lado, como había hecho durante toda su vida juntos. Se entretenía leyendo a hurtadillas una revista del corazón. Simple excusa para que mi envejecido padre no viera sus ojos cubiertos por el rocío de la tristeza y enrojecidos de tanto frotar para borrar cualquier rastro. Sus ojos, enmarcados entre negras cejas y oscuras ojeras, denotaban que había vuelto a pasar la noche en vela. Atesoraba demasiadas en su haber pero se negaba rotundamente a que la responsabilidad de su cuidado cayera sobre otra persona.
- Hola chicos, ¿cómo están ustedes? – canturreé imitando a los payasos.
- Hola hijo – las palabras salían lentamente de la boca de mi padre mientras intentaba alejar su menuda cabeza rapada de la almohada.
- Tranquilo, no te esfuerces. Ya me acerco yo – le indiqué mientras mi corazón me atraía a la cama y mis ojos quedaban atrapados en las enredadas manos de mi madre sobre su cara, llorando ya sin ningún disimulo.
Me incliné para darle un beso en la frente tal y como había ido haciendo todos los días desde que le hospitalizaron durante una fría madrugada del mes de enero. Su cuerpo se mostraba más consumido y desgastado cada día que pasaba. Sus manos, antes curtidas y robustas por el duro trabajo, se habían convertido en tristes fantasmas del pasado. Árboles secos y olvidados desprovistos de las hojas que antaño les dieron belleza y valor, transformándolos en horribles y quebradizos. Su pecho, me recordaba a esas duras tablas de madera que las mujeres del pueblo utilizaban para lavar la ropa en las turbias agua del río. Un nudo se formó dentro de mi garganta conduciendo el torrente de saliva hacia el mar de mis ojos provocando su desbordamiento.
- Pero bueno, ¿cómo va a llorar un hombre como tú? – dijo mi padre tomando mi cara entre sus huesudas manos.
- Entiéndeme papa. Es muy difícil verte así. Estoy deseando que mejores para esa comida que nos prometimos hace algún tiempo.
- ¡No mientas! – exclamó - . Sabes que no he soportado nunca la mentira. Esta mañana, durante la visita del doctor he pedido sinceridad y me ha confirmado lo que me temía. No hay vuelta atrás, es sólo cuestión de días.
Esa claridad tan brutal y directa acrecentó la tristeza que aferraba fuertemente mi alma y por proximidad afectiva también lo hicieron las lágrimas.
- No, papa. Verás como dentro de unos días te sentirás mejor. Tú siempre has sido una persona muy fuerte y tenaz. Sabes que los médicos siempre tienden a exagerar para curarse en salud.
- Por Dios, Carlos ¿a qué viene ahora esa actitud tuya?. Cuando a uno le llega la hora de partir, le llega y punto. No entiendo porque te apenas pues yo me siento tan triste. La felicidad ha estado presente durante toda mi vida y me voy con la sensación del trabajo bien hecho. He cumplido todos mis deseos sin excepción con una mujer que me ha amado sin medida y con el mejor regalo que a uno le pueden hacer en forma de hijo. Un hijo que siempre ha estado a mi lado aún cuando tenía problemas más graves a los que prestar su atención. ¿Por qué voy a tener pena?
- Porque aún te quedan muchas cosas que vivir.
- No sigas por ahí. Eso es chantaje emocional. Cada persona vive aquello que tiene que vivir. Hay momentos buenos, otros menos buenos y algunos malos. Lo más importante es aprender de todos y cada uno de ellos y disfrutarlos en su justa medida.
Un incómodo silencio se apoderó de la habitación. Sólo roto por el trasiego de la gente frente a la puerta entreabierta de la habitación.
- Anda, cambia que este programa es tan horrible que como continúe viéndolo un rato más, seguro que tenéis que llamar al forense –dice apuntando hacia la tele con su índice.
Ni rastro del mando a distancia. Desde que era pequeño recuerdo a mi padre o a mi madre intentando encontrarlo. La tecnología no se había hecho para ellos. Lo más moderno que tenían era un DVD, un regalo de reyes. Aún se podría vender como nuevo. Finalmente lo encuentro justo debajo de la cama, cerca del brazo de mi padre. Seguro que intentó usarlo y se cayó al suelo. Está manchado de Betadine, sin duda, utilizado para curar la herida en su brazo de la incómoda vía. Al reincorporarme mi cabeza se golpea con uno de los hierros que sostienen la cama. Un alarido de dolor resuena en toda la habitación y parte del hospital. Asustada mi madre, salta del sillón como un resorte corriendo hacia mí.
- Por Dios, Carlos, que susto. ¿Estás bien? – acierta a preguntar mi temblorosa madre
- No pasa nada, sólo ha sido el golpe – contesto a mi lentamente a mi madre, escupiendo con dolor cada palabra.
El mareo se va apoderando poco a poco de mí. Mi mente se llena de una pesada niebla. Antes de caerme redondo al suelo, aparto a mi madre del brazo con desesperación para que dejé libre el camino hasta algo más blando. Termino cayendo a plomo sobre el sillón.
- Carlos, Carlos – grita mi madre con gran angustia -¿Seguro que te encuentras bien?
- Pues no del todo, me estoy mareando. Pero no te preocupes que enseguida se me pasa.
Mi madre, ordenada jefa vitalicia de enfermería de la casa de los Rodríguez por una corte de seres angelicales, se marcha corriendo al pasillo en busca de algún experto facultativo que pueda dar un diagnóstico completo de la protuberancia que corona mi cabeza. Duele y palpita como si, del golpe, mi corazón se hubiera desplazado allí.
Mi madre aparece en la puerta acompañada de una rolliza enfermera ataviada con un impoluto traje blanco. Un rayo de sol atraviesa las dos figuras y se clava en mi cabeza aumentado aún más el profundo dolor. Entrecerrar los ojos para evitarlo me produce aún más tortura. Por fin, cierran la puerta y la sombra vuelve a rodearme calmándome en parte.
La cara de la enfermera denota un cierto enfado, sin duda, por haberse visto interrumpida en sus múltiples labores. Sus labios apretados afirman el pensamiento inicial. Mi madre ha sido una persona muy cargante durante toda su vida, sobre todo, cuando su familia anda por medio. No cesa de insistir hasta que consigue aquello que se propone o desea. A pesar de algunas cuantas malas contestaciones recibidas sigue sin cambiar de actitud ante lo que ella considera necesario e importante. Incluso, al poco de enterarnos de la enfermedad que sufría mi padre, llegué a pensar que sería capaz de acabar con ella a base de repetirle que se fuera. Me imaginaba al cáncer salir corriendo del cuerpo de mi padre rogándola que se callara.
La enfermera toma mi testa con ambas manos y realiza un análisis periférico del producto residual de tan duro golpe.
- Menudo golpe que te has tenido que dar, machote. Tiene un color extraño pero no es nada grave. El tiempo todo lo cura. – sentencia la enfermera, tras un brillante análisis de 10 segundos, con una fina voz poco acorde con su desarrollado cuerpo.
- Gracias, señorita – respondo giñando un ojo, primer símbolo de gratitud que cruza por mi dolorida mollera.
- Anda, espera un momento aquí, galán, que voy a buscar algo por la planta con que hacerte una pequeña cura.
- No señorita, no hace ninguna falta, de verdad.
- ¿Cómo que no hace falta? ¿Aquí quien es la experta en la materia? – gruñe la enfermera, herida en su orgullo profesional.
- Era para no incomodarla más. Tendrá asuntos más importantes que atender.
- Le prometo que no es molestia. Me inclinaría a afirmar que más bien se trata de un placer. ¿No querrá quedarse con una fea marca con esa carita tan linda? – replica con desparpajo mientras se cierra la puerta de la habitación.
- ¡Qué simpática y guapa es la chica!, ¿no crees? – sonríe picarona mi madre, poseída por el espíritu de la anciana Celestina.
Desde que me marché de su casa para vivir en mis propias carnes la sensación de libertad, ha insistido, en cada oportunidad que se le brindaba, en buscarme una pareja con la que “asentarme en la vida”. Tantas y tantas veces que hace ya años que dejé de contarlas. Y lo peor es que no ha cejado en el empeño.
- Mama, ya te he dicho mil veces que no necesito compañía en mi vida. ¿Cuándo entenderás que disfruto siendo libre, sin ningún tipo de atadura? .No me apetece nada tener que dar explicaciones a nadie de lo que hago o dejo de hacer en mi vida. No insistas más, por favor.
- Perdona hijo si te he molestado. Es la ilusión de tener algún día nietos como el resto de mis amigas.
El ataque siempre se produce por el mismo lado. Y encima siendo hijo único, la carga que deposita, con cada referencia del tema, es mayor y más pesada. A veces siento la culpabilidad rondándome cuando contemplo a mis padres cariacontecidos cuando se trata en los eventos familiares este tema de la descendencia.
Mi madre se queda mirando al horizonte infinito a través de la ventana. Sus ojos comienzan de nuevo a destilar pedacitos de pena impregnados en su alma. Me tambaleo hasta llegar a ella para abrazarla con todas mis fuerzas. Mis brazos se convierten en el refugio deseado. El rostro de mi padre queda surcado de finas grietas brillantes evidenciando la gran emoción sentida.
- No llores más, hombre. Con tanto drama nos quedaremos secos los tres.
Ella besa tiernamente su mejilla, con miedo, como si se pudiera romper en mil fragmentos. Permanecía ensimismado contemplándolos cuando la enfermera irrumpió empujando un carrito para las curas.
- Pero bueno, ¿qué está pasando aquí?. Menudo espectáculo. Vaya ánimos que le están dando hoy, don Luis – sonríe la enfermera.
- Sólo es un momento de bajón – se excusa mi madre separándose de su marido.
- A ver grandullón, siéntate aquí, que vamos a intentar menguar ese chichón.
En menos de un minuto lo tengo desinfectado y adornado con una ridícula tirita infantil, cortesía de nuestra amiga enfermera. Y de propina un sonoro beso en la frente. Al final tendré que invitarla a cenar. La enfermera retorna a su rutina en el hospital tras una lluvia de sentidos agradecimientos.
- ¿Por qué no aprovechas que está Carlos para ir a desayunar y darte un paseo para que se te despeje la cabeza?
- Pues lo cierto es que me vendría bien tomar algo de aire fresco. Y ya empiezo a tener un poco de hambre.
Coge una chaqueta colgada del respaldo de una silla. Nos pregunta si alguno hemos visto su bolso, que no lo encuentra. Finalmente abre un armario metálico y allí esta. Un beso para cada uno sirve a modo de despedida y dejarnos por fin solos.
- ¿Ya se ha marchado? – pregunta mi padre mientras se incorporaba sobre la cama.
- Sí, creo. Ha salido de la habitación porque he oído la puerta. Aunque tal vez esté cerca terminando de ultimar mi venta.
- No me extrañaría – afirma mi padre entre carcajadas.
Me pareció esperanzador escuchar una risa de mi padre. Por un momento, creí en la posibilidad de su recuperación. Olvidé incluso se encontraba gravemente enfermo.
- Hijo. Tengo que pedirte perdón. Antes te he mentido. –
- ¿En qué? – pregunté haciendo memoria de la conversación anterior.
- No es cierto que no haya nada que me apene antes de morir. Tengo algo en mi interior que me lleva causando muchos quebraderos de cabeza a diario.
- ¿Y quieres contármelo a mí?
- Bueno, creo que este es un buen momento, tal vez no tenga más tiempo. Y no es que quiera contártelo a ti sino que debo hacerlo.
- Papa, por favor. Evitar hablar así. Hacer referencias continuas sobre tu muerte hace que me sienta mal y triste.
- ¡No hijo! Me niego a olvidar el tema de mi muerte. Deberías de afrontarlo cuanto antes para no sufrir más de lo que debas.
- Tengo tiempo de sobra para hacerme a la idea. – conteste algo enfadado por la nueva regañina.
- Los dolores van aumentando, así como las dosis del calmante. Mira la velocidad endiablada del goteo. Gota, gota, gota,… Pero bueno, cállate de una vez, que me distraes.
- Vale, vale. No se enfade usted señor gruñón. Espera que acerco la silla que llevo un buen rato de pie y empiezan a dolerme las piernas.
- Bien, así no tendré que gritar, que no estoy para esfuerzos inútiles.
- Voy papa.
A mi mente acudieron numerosos recuerdos de mi niñez con un padre, mucho más joven y vital. De pie, en la mesa, en el coche, dándome órdenes y yo acatándolas con un respeto que incluso ahora me parece desmesurado.
- Tengo que confesarte algo que va a cambiar tu vida. Y, tal vez, los recuerdos que conserves de tu infancia. No quiero hacerte daño de forma gratuita pero será conveniente para tu futuro y para mi descanso.
- Me estas empezando a asustar con este comentario pre-apocalíptico.
- Mira, ya sabes que no soy de esas personas a las que le gustan irse por las ramas. Siempre he sido muy directo, terriblemente directo en ocasiones. Bien, allá vamos. Debes de saber que, que,…
- Por Dios, quieres soltarlo de una vez. Me estoy poniendo nervioso.
- Ufff, pues.. yo no soy tu padre biológico. Por fin. Ya lo he confesado.
- ¿Qué? ¿De qué estás hablando hombre?- dije levantándome violentamente de la silla.
- Te contaré toda la historia pero siéntate de nuevo e intenta tranquilizarte. Yo conocía a tu madre desde que éramos pequeños pues vivíamos en casas diferentes pero que compartían un gran patio donde salíamos a jugar. Había mucha complicidad entre los dos. Pero se cortó en seco cuando me trasladé a Madrid a estudiar. Estuve a punto de renunciar porque por esa época empezábamos a tontear. Pero mi padre me quitó pronto la idea. Habían trabajado muy duro para conseguir el dinero para que su hijo no fuera un simple palurdo hombre del campo y tuviera un buen futuro lejos de allí.
Volvía todos los veranos pero la relación se fue enfriando debido a la distancia. En uno de esos veranos me enteré que se iba a casar en breve. Estaba embarazada y no quedaba otra solución que el matrimonio. Los padres decidieron celebrar la boda cuánto antes pero habría de esperar unos pápeles necesarios. Por culpa de eso tu madre no se casó. Y gracias.
El era un caradura, que tenía su oficio y beneficio en vender libros casa por casa. Se llamaba Carlos y había llegado unos años antes con su familia. De ahí tu nombre.
Hizo una pausa para beber un poco de agua pues la boca se le había quedado seca con tanta charla. Tras recolocarse de nuevo sobre la cama continuó el relato.
- Era un hombre al que le gustaba mucho disfrutar de la vida en solitario. Tu madre se quedaba esperando en casa para hacer las labores propias de los novios pero la mayoría de los días Carlos tenía cosas más importantes que hacer. Un día, tu madre se cansó de esa vida y fue a buscarle al bar donde solía parar todos los días. Ese día había bebido más de la cuenta como de costumbre. Se sintió herido en su orgullo masculino cuando solicito respuesta a sus desplantes. La zarandeó delante de todos los presentes e incluso levantó la mano con la clara intención de golpearla delante de sus amigos de borrachera para restaurar su honor de hombre. Le agarré la mano antes de que llegara a tocar su cara. El objetivo de la ira que brillaba en sus ojos cambio a mí. Llegamos a las manos hasta que algunos clientes del bar lograron separarnos. Carlos, ordenó a tu madre a gritos que volviera a casa pero ella estaba aterrorizada en un rincón del bar. Tenía miedo a las posibles represalias. Todo el mundo intentó sin éxito que se tranquilizará. Tras una ráfaga de insultos, a cual más duro, abandonó corriendo el bar y nadie más le volvió a ver por el pueblo.
- Pero eso no puede ser verdad. Después de tantos años ¿Por qué no me lo ha contado ella? – pregunté con cierta desesperación en mi voz
- Desconozco el motivo. Puede que fuera para evitarte el dolor de la noticia o por pura vergüenza. Conoces lo celosa que es con su vida privada. Después de la espantada de Carlos la gente del barrio fueron muy crueles con su situación. Embarazada y abandonada.
- Joder, es muy fuerte. ¿No será una broma?. Estoy alucinando. ¿Por qué no se ha atrevido a decírmelo? ¿y por qué tú tampoco?.
- Bueno, hijo, es normal que reacciones así, que te surjan dudas, que te enfades.
- ¡Hazme un favor! ¡No me llames hijo!. Está claro que no eres mi padre. No te permito llamarme hijo. Dudo incluso de que ella sea mi madre.
- ¡No te consiento que hables así tu madre!- gritó mientras me cruzaba la cara con una sonora bofetada.
- Mira, padre, Luis o quién seas. ¡Vete al infierno!. No quiero volver a verte más- dije mientras tomaba rápidamente mi abrigo tirando la silla al suelo y salía por la puerta de la habitación.
- Yo la quería. Siempre estuve enamorado de ella. Me cansé de ver como la gente la hacía sufrir, como la vergüenza la comía por dentro. Sus ojos se apagaron. Y eso no podía soportarlo después de haberme quedado tantos días embelesado por el brillo de sus ojos infantiles. Por eso la propuse matrimonio y nos marchamos a Madrid. La he amado todo este tiempo y la seguiré amando por siempre jamás. Juntos te dimos el hogar que necesitabas. No puedes pasar del amor al odio en tan poco tiempo.
- Creo Luis, que todavía sigues viendo en mí el niño que rescataste junto con mi madre. Pero ya soy lo suficiente maduro como para decidir acerca de mis sentimientos. Te lo repito porque creo que no me has escuchado. ¡Vete al infierno!.
Paso enfurecido a través de la puerta, abierta de par en par con violencia, camino del ascensor para poder alejarme rápidamente de allí. La enfermera pasa a mi lado, intenta decirme algo, pero ahora mismo no deseo ni puedo hablar con nadie. Acelero aún más el paso agachando la cabeza evitando mirarla a los ojos.
Bajo en el ascensor hasta el parking. Comienzo a temblar producto de la rabia contenida y los nervios de la noticia. El resto de pasajeros contemplan aterrorizados mis gestos. No puedo controlarme. Alguno pensaría que estoy con el mono o escapando de la planta de psiquiatría. Al llegar busco mi coche sin éxito. La inquietud del momento impide cualquier tipo de razonamiento por parte de mi sobrecargada mente. Soy incapaz de encontrarlo. Regreso a las cercanías del ascensor. Me siento en unas escaleras cercanas. Estallo, por fin, en un llanto silencios e incontrolable. Tapo mi cara con las manos porque no soporto que me vean llorar. No puedo creerlo. Pero mi cabeza me recuerda que él nunca miente. Un grito de rabia rompe el silencio.
Paso un buen rato allí sentado. Consigo recomponer los miles de pedazos rotos en los que ha quedado mi alma. Ánimo, tu puedes. Debes seguir adelante. Esto no puede afectarte. Tras 15 minutos revisando uno a uno los coches aparcados logro hallar mi coche. Arranco. Primera. Túnel de salida. Ticket. Acelero con ansía. El deseo de llegar a casa es considerable.
No recuerdo nada del camino de regreso. Llave. Se abre la puerta de garaje. Entra el coche. Se cierra la puerta. Me adentro en mi refugio. Nada más cerrar la puerta comienzo a desvestirme. Subo a la primera planta. Abro el grifo. Me siento bajo el fuerte chorro helado con la esperanza de que arrastre las dudas. Necesito relajarme, olvidar. No será fácil pero tengo que intentarlo o me destrozará por dentro. El agua comienza a caldearse. La paz va llegando. Permanezco una hora en la misma postura pues no me quedan fuerzas para intentarlo. Me siento débil, perdido en el desconcierto originado por la confesión.
Con las pocas fuerzas que logró reunir rompo la atracción establecida entre mi enrojecido cuerpo y el blanco asiento improvisado. Salgo de allí, desnudo y empapado, en busca de una botella de whisky olvidada tras alguna fiesta. Hielo, alcohol y el sillón acogiéndome entre sus brazos terminan de conseguir la tranquilidad anhelada. Aunque lo intento con todas mis fuerzas no soy capaz de olvidar lo ocurrido en la mañana. Luis no es mi padre. Las dudas se apoderan sin piedad de mis pensamientos. ¿Qué pasaría si Rosa tampoco fuera mi madre? ¿Será realmente el ingeniero jubilado que dice ser? ¿Mis abuelos son verdaderos o tampoco? ¿A quién puedo pedir ayudar para tragar todo esto? .La bebida se limita a ralentizas las preguntas que circulan por mi desolada mente. El sopor aparece sin previo aviso. No soy capaz de mantener los ojos abiertos. Los párpados se transforman en pesados bloques que obstruyen herméticamente mis ojos. Caigo en un profundo sueño.
Un fuerte e insistente sonido me transporta de regreso al mundo de los mortales. Resuena en la lejanía, sin cesar, un bucle infinito de una melodía vagamente familiar. El sol hace tiempo que claudicó ante la Luna y la oscuridad invade la ciudad. Intento poner los cinco sentidos en encontrar el causante de tal alboroto. Mi embotada cabeza no logra descifrar las señales sonoras. Ni siquiera me ayuda a comprender donde me encuentro. Me parece que viene de la cocina. Empujo mi cansado cuerpo por el pasillo con la firme intención de frenar semejante escándalo. Debajo de un montón de ropa, localizo al culpable. El maldito móvil. ¿Quién será a estas horas de la noche?.
- ¿Si? ¿Quién es?. Silencio. Oiga si es una broma voy a colgar.- balbuceo ante el micrófono del aparato.
- Ya está. Todo ha terminado. Tu padre ha muerto. – reconozco al otro lado la voz de mi madre oculta tras los sollozos.
- Perdona pero no era mi padre. Me da exactamente igual.
- ¡No hables así de tu padre! – chilla histérica mi madre.
- ¿No te quieres enterar, madre? Esta mañana me contó vuestra historia, ese secreto que con tanto empeño habías ocultado. Sé que él no era mi verdadero padre.
- ¿Te lo contó todo? ¿Incluso, cómo tu abuelo me echó de casa al quedarme embarazada y sin marido?
- No. De eso no me hablo – susurré intentado asimilar la nueva información proporcionada por mi madre en estado de shock.
- Se atrevió a dar la cara por mí. Se sacrificó trabajando duramente para que no nos faltará nunca nada. Incluso perdía parte de su tiempo libre por compartir momentos contigo a pesar de necesitar descanso. Renunció a su familia, la cual le repudió, para formar la suya propia.
- Mira, madre, no quiero perder más tiempo hablando del tema. Déjame en paz que quiero dormir. Tendrás otras cosas de las que preocuparte ahora mismo.
- No, no pienso dejarte tranquilo porque estas cometiendo una terrible equivocación. Se lo debes a Luis aunque no haya sido tu padre. Ha sido alguien muy importante para ti y creo que le debes un respeto. Te ha tratado como si fueras su hijo. Y tú le has considerado hasta hoy tu padre. No llevas sus genes. ¿Y qué? Lo que importa son los sentimientos. Y tu verdadero padre carecía por completo de ellos. Era una persona ruin, dañina. No era capaz de ver más allá de su propia persona. Y me alegro de haberle perdido de vista.
- ¡No quiero oírte hablar así de mi padre! – protesté alzando la voz
- ¡Cállate! No le llegaste a conocer y eso que has ganado. ¿Hubieras podido soportar ver cómo me apaleaba cada vez que llegaba a casa? ¿Soportarías sus palizas sin rechistar? Eso es lo que te hubiera tocado vivir a su lado. Así que, dúchate para ver si se te pasa la borrachera, vístete y ven corriendo al hospital. Es el sitio en el que debes de estar.
Y colgó. Estaba acostumbrado a las reprimendas de mi madre pero no a que fueran tan directas y cortantes. Volví a sentarme en el sofá. Las noticias recibidas durante el día se centrifugaban a mayor velocidad cada segundo que pasaba. ¿Qué debía hacer? ¿ir?¿quedarme?¿olvidar?¿recordar?. Creía que me iba a estallar de un momento a otro.
Otra vez mi madre tenía razón, como en innumerables ocasiones. Nunca le daba razón aunque finalmente terminaba reconociéndolo en mi fuero interno y hacia caso de sus recomendaciones. Tal vez no fuera mi verdadero padre pero se había portado como si lo fuera. No existían dudas en mi interior acerca de la importancia que Luis había tenido en mi propia vida. Lo mínimo que podría hacer era presentarle mis respetos por ello.
Si quería salir de casa tendría que vestirme pues me había quedado dormido desnudo después de la reparadora ducha. Camino parsimoniosamente por el pasillo en dirección a mi dormitorio. Tendré que buscar algo limpio, negro y elegante. El siempre me recalcó que un caballero debía de ser elegante ante cualquier situación en la que se viera inmerso. Mientras rastreo en el armario, mis ojos caen a plomo sobre la mesilla de noche. Rodeada de un marco de madera y protegida del paso del tiempo por un cristal, aparece una foto juntos.
Una sensación cruza mi alma como un relámpago y vuelve a convertirla en terreno desolado. Mentiras. He vivido entre mentiras. No puedo confiar en sus palabras. No quiero ser partícipe de más mentiras. El no las soportaba y me enseñó a mí a no hacerlo.
- Mierda – mascullo entre diente – otra cosa que agradecerle.
Me tumbo en la cama convirtiéndola en mar embravecido con las gotas de la tristeza que empapan mi alma. No soy capaz de olvidar los engaños que acompañaron nuestras vidas. ¿Perdonar? Podría ser la solución pero tampoco alcanzo esa meta. Sin perdón ni olvido la situación parece complicada de solventar. De repente, se enciende una bombilla en el interior de mi alma. Tengo por algún lado un álbum de fotos que mi madre me regaló la última vez que estuvo por aquí. Ya recuerdo. Están en el despacho. Continua dentro de la misma bolsa. Me siento sobre la alfombra. Una foto con Melchor, uno de los tres Reyes Magos. Recuerdo ese día. Detrás de la barba se atisba un rostro familia. Es la cara feliz de Luis. Más lágrimas invaden el espacio que otras ocupaban hasta hace poco. Se desbordan formando ríos que desembocan bajo la comisura de mis labios. ¿Qué importa una mentira que sirve para proporcionar una felicidad inmensa y alejar los fantasmas de un pasado repleto de dolor y sufrimiento? Mis padres lo habían logrado durante 42 años y 3 meses. Y eso es lo que hacen los buenos padres por sus hijos. Luis había sido mi padre durante toda mi vida, a pesar de los genes. Terminé de vestirme y me marche corriendo hacia el hospital. Mi madre necesitaba mi apoyo. Las luces de la ciudad se iban apagando mientras el sol irrumpía con fuerza en el cielo azulado anunciado un nuevo día.
Al llegar, todos los sentimientos que se había acumulado durante el día pasado, se vuelven imparables y abrazo con fuerza el cuerpo maltrecho de mi madre. Vuelvo a ver, por última vez, a mi difunto padre. No permanecí más de cinco minutos contemplándole pues era incapaz de soportar la tormenta de sensaciones que estallo en mi alma. Lo justo para agradecerle todo lo que había hecho por mi, toda la felicidad con la que regó mi vida desde el primer momento en que tuve conciencia de que él era mi padre.
Nuevo escrito sobre Navidad
Aqui os dejo otro relato más:
Era incapaz de recordar la cantidad exacta de tragos que habían abrasado su gaznate desde que entró en el bar y se sentó sobre un taburete próximo a la barra. Calculaba que debían de ser muchos pues Casimiro era, ahora mismo, incapaz de ver con claridad más allá del brazo extendido intentando descifrar la hora en el reloj. Ni siquiera recordaba qué le había llevado allí. Intentó pensar en ello pero sólo le supuso un incómodo e insistente dolor de cabeza que apareció de repente. Se acababan las fiestas navideñas y el local estaba repleto de clientes celebrando la noche de Reyes. Decidió pedir la última antes de marchar a casa para ver si mitigaba en parte el dolor. Tampoco tenía prisa. No había nadie esperándole.
Soltero empedernido con 42 primaveras a sus espaldas. Nunca había surgido en su vida la oportunidad de iniciar algo parecido a una relación amorosa, ni siquiera había sentido las famosas mariposas en el estómago ante alguna de las mujeres que habían pasado por su vida y por su cama. Era un apasionado de la libertad en todas sus formas. Algunos de sus amigos le habían catalogado como nómada de la era moderna. De ello daban fe sus múltiples viajes por el extranjero y trabajos. Había pasado algún tiempo en Londres, Paris, Nueva York, Zúrich e incluso 6 meses en la exótica Madagascar antes de decidir regresar definitivamente a España. Un buen día, al despertar, sintió la necesidad de volver.
Y allí estaba, después de tanto ir y venir por el mundo, tomando copas, sin cesar y sin sentido, en aquel bar. Las sienes le seguían latiendo, al ritmo frenético de la música que retumbaba en el local, a pesar de los profundos tragos que proporcionaba a la copa. El tintineo de los hielos en el vaso ya vacío incrementaba la sensación de vértigo en la que se encontraba inmerso. Lo mejor era marcharse de allí e intentar despejarse un poco. Pensó en su amplia y mullida cama y terminó por convencerse de que era la mejor opción con tal nivel de alcohol en sangre.
En la calle hacía un frío de mil y un demonios. Un incómodo viento helado recorría la ciudad congelando todo lo que encontraba a su paso, aunque reconocía que aliviaba en parte su sufrimiento. Se subió la cremallera del abrigo hasta arriba, metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar en dirección a su destino. La agradable sensación del primer momento se fue disipando a medida que la sangre comenzó a fluir con más fuerza por su cuerpo. La riada del whisky consumido terminó por llegar a todas las partes de su menguado organismo, especialmente a su cerebro. El mareo se duplicó en cuestión de segundos. Una mano invisible apretó con fuerza su estómago produciéndole las primeras nauseas. Intentó resistir pero a la segunda embestida comprendió que no aguantaría hasta llegar a casa. Se enganchó al primer árbol que encontró cerca y encorvando su espalda para evitar que las salpicaduras, procedió a aliviar su carga. Perdió brevemente el equilibrio y a punto de caer sobre los restos de su noche de desenfreno. El malestar, en lugar de remitir como era de esperar, aumentó con virulencia. Las venas de las sienes amenazaban con explotar de un momento a otro. Una densa niebla cubrió sus ojos. Perdió la noción del lugar en el que se encontraba. Sólo le quedaba el consuelo de que sus pies aún recordaban el camino y continuaron su viaje, arrastrándole con ellos.
Algún iluminado del Ayuntamiento había dedicado el escaso tiempo libre que le quedaba, después de las labores propias de peloteo, a plantar farolas a diestro y siniestro, en un afán desmedido por embellecer esa parte de la ciudad. La calle estaba perfectamente iluminada pero suponían un riesgo añadido en su intento de llegar sano y salvo a su mullida cama. Una pasó a toda velocidad por su derecha, otra por su izquierda. Iba esquivándolas como su escasa conciencia le permitía. De pronto, una surgió de la nada y su cabeza impactó violentamente contra ella. Su cuerpo quedó extendido en el duro y frio suelo. No llegó a perder la consciencia pero se vio obligado a cerrar los ojos con fuerza por el intenso dolor que se acumulaba en su cuerpo debido al golpe.
Cuando pudo volver a abrirlos parecía estar en otro mundo. Debía de estar sangrando porque notaba cierto rio tibio por el lado derecho de la cara. Tres rostros aparecieron sobre él. Sus ojos reflejaban preocupación por su estado, que debía de ser realmente calamitoso. Uno de ellos extendió su brazo para ayudarle a levantarse de la acera. La subida fue un auténtico suplicio. Todo daba vueltas, como si le hubieran metido directamente en el centrifugado de la lavadora.
- ¿Estás bien? – dijo uno de ellos con marcado acento cubano
- Sí, creo que sí. – susurró el etílico Casimiro
- Está usted sangrando – afirmó con rotundidad uno de los rostros medio oculto tras una larga barba blanca
- ¡Joder!. Debo de seguir borracho. No puede ser.- dijo Casimiro mientras se echaba las manos a la cabeza.
- Para mí que este tipo está en estado de shock – comentó el tercero
- Dios, que fuerte. ¡Pero si son los tres reyes magos! – gritó eufórico Casimiro mientras corrían de un lado a otro de la acera.
- Definitivamente, está en estado de shock. Deberíamos llamar a una ambulancia o acercarle a algún hospital.
- Pues tendremos que acercarle a algún hospital. Ninguno tenemos móvil y no veo una mísera cabina para llamar al SAMUR.
- ¡Qué coño llamar a una ambulancia! ¡Estoy de puta madre! ¡Qué grande, los reyes!
- Este tipo lleva una castaña encima que no entiendo cómo puede mantenerse en pie. Me llega hasta aquí el olor del whisky cada vez que abre la boca.
- Pero, ¿qué hacéis aquí parados, tontos? Tenéis muchos regalos que repartir a los niños. Marcharos.
- No es mala idea. Deberíamos irnos. Ya se le pasará la curda.- dijo la barba blanca
- Yo no puedo dejarle aquí en este estado. Mira cómo le corre la sangre. ¿No tenéis algún pañuelo por ahí para taparle la hemorragia? – exclamo el cubano con cierto tono de asco en su voz.
- Estoy helado de frío. ¿Cómo podéis sobrevivir aquí los madrileños? Yo creo que aquí hasta los pingüinos se congelarían. Con lo calentito que estaría yo en mi Colombia natal – exclamó el que portaba una larga melena negra.
- Te acostumbrarás con el tiempo, Edwing. Por lo menos en parte. A mí sólo me ha costado 10 años. Pero recuerdo esa sensación cuando aterrice aquí desde Cuba.
- Pues a mí ni fu ni fa. Claro que nací. – concluyó el tercero mientras se atusaba su barba blanca.
- No pasa ni un alma por la calle. Si viéramos a alguien podríamos pedirle que llamara a una ambulancia y pirarnos a casa a entrar en calor.
- ¡Oyeeeee!. Ahora que me acuerdo. ¿Dónde habéis dejado los camellos? ¿Están escondidos?
- ¿Qué dice ahora esté loco de camellos?
- Está delirando. Nos está confundiendo con los Reyes Magos. ¿recuerdas?
- Está peor de lo que imaginaba.
- ¿Por qué no me lo decís? – preguntó Casimiro mientras golpeaba el hombro del amigo cubano.
- Cómo me vuelva a tocar le voy a dar con la mano abierta. ¡Qué pasado!
- Ten en cuenta su estado, hombre. No sabe ni lo que hace ni lo que dice.
- Venga, cuéntame. ¿Dónde están los camellos? ¿Y los regalos?
- Déjame a mí, Héctor – dice el colombiano dando un paso hacia Casimiro separándolo del cubano. Mira pequeño, no podemos contártelo porque si no dejaría de ser un secreto, ¿no?
- Es verdad. Me gustan los secretos. Y los regalos. ¿Me habéis traído muchas cosas? – pregunta Casimiro con una amplia sonrisa infantil en su rostro.
- Eso lo descubrirás cuando llegues a tu casa y te metas en la cama.
- Pues entonces, me voy corriendo. ¡Qué ilusión!
- Espera, espera. Primero hay que curar esa fea herida que tienes en la cabezota.
- Pero si no me duele. Deja que me vaya a casa.
- Eso, déjale que se vaya a su casa – dice Gonzalo.
- No podemos y punto. Vamos a esperar a ver si aparece alguien que pueda ayudarnos.
- ¿Me habéis traído el patinete que os he pedido? Espero que si porque me he portado muy bien con mama. La he ayudado mucho y he sacado buenas notas en el cole.
- Esto es muy surrealista. Te prometo que no había vivido nunca algo remotamente parecido.
- Pues vete preparando. Acá en España pasan cosas raras con cierta frecuencia. Ya lo iras viendo Edwing.
- Quiero mi patinete. ¿Por qué no me lo dais ya y os ahorráis un viaje? Seguro que tenéis mucha prisa – suplicó Casimiro.
- No podemos. Tenemos que dártelo en casa – grito enfadado Héctor
- No grites, Héctor. Cómo se asome un vecino y vea a 3 tipos rodeando a otro sangrando van a pensar mal. Y terminaremos la noche en alguna comisaría.
- Casi lo prefiero con tal de librarme del pelma este.
- ¿Y qué historia le contamos al policía acerca de la herida en la cabeza? ¿y sobre vuestros papeles de residencia?
- Joder, el zumbado este nos tiene cogido por los huevos. Mira, a tomar por culo el prójimo. Vámonos. Ya se ocupará alguien de él. Son casi las 5 de la mañana y empezará a salir la gente a la calle. ¿no?
- Pues mira, tienes razón. Si tú ya no tienes escrúpulos en dejarle tirado, yo tampoco.
- Ni yo.
- Entonces, ¿a qué esperamos? – pregunta Edwing mientras da la espalda a Casimiro y comienza a alejarse.
Todos prosiguen su camino dejando a Casimiro allí de pie, embobado. El todavía no termina de creerse que haya visto a los Reyes Magos. De repente, recuerda que no les ha dado las gracias por lo del patinete y sale corriendo hacia ellos.
- Me cago en la puta. Nos sigue. Corred – exclama Héctor
Salen corriendo los tres como alma que lleva el diablo con Casimiro detrás de ellos. Tras cien metros de carrera las escasas fuerzas que aún quedaban en el amoratado cuerpo de Casimiro le abandonan por completo. Su cuerpo impacta, por segunda vez en la noche, contra el suelo.
Cuando vuelve a abrir los ojos. Un operario del SAMUR le está apuntado a los ojos con una pequeña linterna.
- Está bien. Tiene las pupilas dilatadas pero puede ser por el alcohol que ha ingerido. Pero de todas formas vamos a llevarle al hospital para que le hagan una revisión de esa herida en la cabeza.
- He visto a los 3 Reyes Magos. Y me van a traer el patinete que les había pedido.
- Sí, claro. Y yo ayer vi a Santa Claus, no te jode con el borracho.
Estresado
Confirmado. Estoy estresado.
Ya no sé si es por la separación de mis padres, el agobio del trabajo, los estudios, los dos relatos para el taller de escritura o esta miserable tiroides que se empeña en enfadarme con el mundo, en vigilar todas las horas de la noche.
Me hizo mucha gracias el otro día la doctora cuando me dijo que debía evitar el estress por el tema de la glándula maldita. ¿Cómo? ¿Cómo puedo evitarlo con tantos frentes abiertos?
Tengo ganas de dormir y descansar, de que mis padres se decidan de una vez, de descubrir lo que le ocurre a los protagonistas de los relatos. Ellos son unos traidores compinchados con la tiroides que se empeñan en pedirme que les de voz cuando intento dormir. No sé si terminaré siendo escritor pero confieso que a veces no me resulta muy agradable pero la sensación de ver un relato terminado suple todos esos momentos incomodos que se producen al intentar descifrar mis escritos.
Bueno, lo dicho, que se aceptan sugerencias para ayudarme a eliminar el estress que ya casi me invade por completo.
Que los angelitos guarden vuestros sueños.
El esperado comienzo en el mundo de la literatura
Buenas a todos.
Ahora que estoy comenzando el largo camino que lleva a intentar convertirse uno en escritor quiero compartir mis escritos con vosotros. Necesito una crítica seria, fiel y dura. Los golpes te motivan para mejorar, los halagos a quedar siempre en el mismo sitio.
La música de Green Day atrona los oídos de Sergio. Las líneas blancas de la carretera pasan a gran velocidad bajo el coche. Gira la cabeza y está allí. Sergio sonríe. Curva en la carretera. Sólo queda sólo silencio.
Un triste gemido rompe la quietud de la noche. Levanta la cabeza intentando encontrarla. Algunos metros más allá yace inerte. Intenta acercase. Terribles dolores le impiden avanzar con rapidez deseada. Se arrodilla ante ella. No respira. Llora desconsoladamente intentando devolverle la vida con el calor de sus brazos.
En un instante todo el lugar se llena de luces, uniformes y ambulancias. Con esfuerzo los sanitarios logran arrebatársela de su pecho. Un enfermero le sujeta fuertemente el brazo mientras otro le inyecta un fuerte tranquilizante. Sus párpados se van haciendo pesados hasta que cae dormido sobre la camilla. Con agilidad le introducen dentro de la ambulancia y tras cerrar las puertas con un fuerte portazo parten con rapidez hacia el gran hospital.
Hoy he vuelto a ti
Es curioso comprobar todas las cosas buenas que nos aporta escribir un blog.
Hoy, después de tanto tiempo, he vuelto a mi blog y me he entretenido en leer todos los artículos publicados. Y veo como he sido capaz en todo ese tiempo de desnudar mi lado sentimental, ese lado que muchos hombres por inercia de la tradición negamos sin titubeos.
Pues yo no quiero ser un hombre más. Yo quiero disfrutar de mi lado sentimental. Quiero emocionarme con una canción, un poema, una película. Quiero llorar ante la pena y el dolor o cuando la felicidad de un abrazo de mi mujer me lo solicite. No muestro mi debilidad, como nos decían nuestros padres, sino mi fuerza.
Si soy capaz de sentir, soy capaz de comprender los sentimientos de los demás. Si soy capaz de comprender los sentimientos de los que me rodean, soy capaz de darles lo que necesitan a cada momento. Si soy capaz de darles lo que necesitan a cada momento, conseguiré que este unidos a mi. Si consigo que estén unidos a mi, no los perderé nunca. Si no los pierdo nunca, ellos serán mi fuerza, una fuerza incomensurable.
Solamente aquellos que hemos probado del dulce nectar de escribir nuestro blog entendemos la paz, la tranquilidad y la liberación que nos produce. Mientras escribimos, nos sentimos libres para desnudarnos en todos los sentidos, con la fingida sensación de que sólo estamos nosotros, de que nadie nos ve.
Que bien me siento. Creo que debería escribir más a menudo. ¿No crees?
La irresistible fuerza de la costumbre
Muchas veces hacemos cosas por simple rutina, por una pura cuestión de costumbre. No le damos importancia ni significado. Simplemente lo hacemos.
Pero cuando esa rutina se rompe empezamos a valorar la importancia y el significado de todas esas cosas. Hoy, echo de menos esas rutinas, que incluso antes me podían llegar a molestar. Las caricias, los gestos, las palabras, los momentos, las pausas cobran hoy significado máximo.
También es curioso comprobar el delgado límite del disfrute y la fuerza que impone la costumbre. Lo que ayer disfrutabas, hoy no lo haces tanto si falta una pieza del engranaje de la rutina.
Sé que la rutina volverá pero esta vez será muy diferente pues he aprendido a valorar lo que se esconde en ella.
Gente solitaria
Hoy me he dado cuenta de que hay mucha gente solitaria por la vida.
Esa gente solitaria, que vagan por el metro, sin ver que hay más gente a su alrededor. Esa gente que golpea, empuja, te mete el codo en la boca, te entorpece el paso...
Esa gente solitaria, que caminan pausadamente por la calle, sin ver al resto de transeuntes, empujandolos contras las paredes, molestando, sin pedir perdón.
Esa gente solitaria, que conducen coches, sin ver a los demás coches, pensando que la carretera es completamente suya. Y como suya que es para que malgastar el tiempo en poner el intermitente para indicar el cambio de carril, para que acelerar si van sólo y así pueden deleitarse con el paisaje que Dios le ha puesto delante sólo para ellos.
Esa gente solitaria, que tienen un gran centro comercial sólo para ellos y te pasan los carritos por encima de los pies, te golpean por la espalda, de lado, de frente,...
Un abrazo muy fuerte para todas esas gentes solitarias. Espero que pronto la única neurona residente en sus cerebros sea capaz de reproducirse para que ya no se sienta tan sola.
¿Por que te tenía tan olvidado?
Es curioso como la vorágine en la que nos envuelve la vida nos hace olvidar cosas que nos provocan pequeños placeres, personas con las que nos gustaba compartir momentos, costumbres que nos resultaban agradables.
Es curioso sentir esa necesidad de hacer algo, de decir algo y dejarlo todo para mañana.
Hoy, gracias a mi buen amigo Dani Barranquero (Sr. ACB), he recordado que tenía un blog, un espacio alejado de ese remolino llamado vida en el que tenía la buena costumbre de sentarme para contemplar pacientemente lo ocurrido en el día, en la semana. Y encima me siento tonto por partida doble. Por una parte por olvidar ese gratificante momento de sentarte delante del ordenador y escribir tus pensamientos, tus sentimientos. Y por otra parte por tener una necesidad imperiosa de escribir, de liberar de mi alma los pequeños detalles que la vuelven opaca, y no hacer nada al respecto, dejarlo todo para otro momento.
Vamos a ver si ahora, soy capaz de llevar un buen ritmo en mi blog.
Nos vemos.



